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José despertó y le contó a la virgen el sueño en el que un ángel les revelaba que debían proseguir su camino, pues Herodes había ordenado matar a todos los niños menores de dos años en Belén y sus perímetros. María tomó a su hijo y dispuso la partida, reunió sus pocas pertenencias y emprendió con el pequeño  y su esposo el viaje a Egipto.

Mientras huían y ella amamantaba  al bebé, vieron a lo lejos sicarios del tirano que se apresuraban para darles alcance; La Virgen sabía que si descubrían al niño lo asesinarían sin miramientos, ya que esa era la orden que el cruel monarca les había dado, y desesperada  busco dónde esconderlo.


Descubrió un Cardal a sus pies y decidió meter al bebé para cubrirlo con sus ramas, hojas y flores esperando que lo escondieran de las miradas de los soldados. Cuando lo metía, su piel recibió de lleno las espinas de esos cardos que clavándosele le empujaron tanto que de ellos manó la blanca leche que Cristo ya no pudo tomar.

 

Entonces, ocurrió un milagro: El sagrado alimento de María cayó en las hojas y al salpicarlas las tiño de blanco, y al unísono todos los cardos de la misma especie reprodujeron el fenómeno quedando tintos de lácteas manchas, que con temor, dolor y sangre los bendijeron para siempre. Los infanticidas jamás encontraron a Jesucristo, pero había nacido una planta prodigiosa: El Cardo Mariano.

*Restos de ese Cardo de encuentran en Tierra Santa y son venerados y visitados por peregrinos, romeros y turistas.